La parlanchina me miró de hito en hito, hasta que no pudo más, y riendo me dijo:

—Vaya, pues, como usted no ha de confesarlo, se lo diré: ya sabemos que usted es novio de Gabriela Fernández.

—Están ustedes engañadas....

—Vea usted que nos lo dijo persona que lo sabe.

—¡Pues no es verdad!

Iba a contestarme cuando apareció al fin de la calle mi señor don Juan. Vióle la rubia y dió el grito de alarma:

—¡Ahí viene papá!

Y las muchachas echaron a correr.


XXXII