Corrí a la casa. El P. Herrera conversaba en la sala con mis tías, y Angelina arreglaba la mesa en el comedor.

No me sintió al llegar; me tenía a su lado y no me había visto. Me acerqué de puntillas y le tapé el rostro con mi pañuelo.

—¡Jesús!—exclamó.—¡Qué susto me has dado! Ya vino papá... ya vino... y....

—¿Y qué?—pregunté ansioso.

—Dice que viene por mí; que está enfermo; que señora Francisca está más chocha cada día.... En fin, que el viernes nos iremos....

—Y tú... ¡contenta como una sonaja!... ¿no es verdad?

—¿Contenta yo? Sí; tienes razón. Quiero irme para no verte, para olvidarte... ¡porque te odio, te aborrezco!...

Luego, agregó en tono de regaño:

—Vaya usted a la sala: vaya usted a saludar al señor cura. Ya preguntó por usted.

—¿Preguntó por mí?