—Sí; quiere conocer esta buena alhaja.

Y cambiando de acento, festiva y urgente:

—¡Anda, anda! Te verían entrar y dirán que estás aquí, charlando conmigo. Déjame, que deseo acabar.

Fuí a la sala. Allí estaban mis tías. Después de la presentación oí con espanto que Angelina no me había engañado. El anciano tenía resuelto llevársela. Lamentaba la separación, porque, al fin, la «muñeca» estaba allí muy bien. Pero hacía falta, hacía falta en la casa cural.

—Ya estoy viejo,—repetía el sacerdote—el mejor día me da un supiritaco y no tengo quien me vea.... Pancha está peor que yo....

Mis tías lamentaban la ida de la joven, pero no se atrevieron a contrariar al padre. Se limitaron a rogarle que la trajese de cuando en cuando.

El buen señor me trató con mucho cariño. Cuando supo que no volvería yo al colegio, exclamó:

—¡Qué se ha de hacer! ¡Conformarse con la voluntad de Dios! ¿Cuándo me mandan ustedes a este muchacho?... Que vaya a pasar conmigo algunos días. Le mandamos la mula; sale temprano de aquí, y en la noche estará con nosotros.

Acepté la invitación.

—Cualquier día, señor cura... tendré mucho gusto....