Angelina se presentó en la sala.
—¡A comer, papá! Vamos, que sólo tiene usted en el estómago una taza de té.
—Vamos, «muñeca», vamos;—contestó lentamente, levantándose del sillón—dame tu brazo.... Ya tu papá está muy cascado.... ¡Ha trabajado mucho!... Los años no pasan así, como quiera, sin estropear a uno....
Entre tía Pepa y yo llevamos a la enferma a su cuarto. No quiso ir al comedor.
—No estoy para eso.... ¿No ven que he vuelto a la primera edad y que tengo que comer por mano ajena?
Angelina parecía haberse olvidado de mí; no me dirigía la palabra, no me miraba, como temerosa de que el anciano sorprendiera nuestro amor. Charlaba alegremente, con ingenuidad de chiquilla, hacía reir al sacerdote, y no cesaba de recordarle cosas y sucesos de otro tiempo.
—Digo bien, digo bien, «muñeca»: cuando estés allá voy a ser otro.... Tendré con quien hablar, con quien reir.... ¡Ya verás que alegría en aquella mesa! Allá no faltará un buen mozo, algún ranchero rico, y te casaré. Don Rodolfo,—agregó, dirigiéndose a mí y desplegando la servilleta, mientras Angelina servía la humeante sopa,—¡queda usted invitado a la boda!
La joven se encendió. El anciano levantó la cara para verla, y continuó:
—Nada más que allí no se estilan vestiditos blancos, ni velos, ni coronas de azahares.
Angelina hizo un mohín.