—Pues mira lo que haces. Dile a tu tía Pepa que procure distraer a su hermana. El otro día llegué, y me las encontré llorando, llorando a lágrima viva. ¿Qué pasa?—pregunté.—«Nada: que Angelina se fué...» Pero ya verás, muchacho, como todo eso pasa. Lo que es ahora, cuando llegues... ya verás.... ¡Buen rato vas a darles!

—¿Por qué, doctor?

—Ya vino Fernández... hablé con él, y me dijo que el quince de Abril te espera en la hacienda. Mañana saldrá para allá con toda la familia.... Es cosa hecha; allí tendrás una colocación muy regular.... Avisa a Castro.... ¡No más alegatos! ¡No más chismes ni pleitos! Ya dije a ese caballero que no entiendes jota del negocio, pero que aprenderás. ¡Buena persona! ¡Muy buena persona! Procura verle mañana, antes de medio día; le darás esta tarjeta... y... ¡listo! Ahora: ¡al comedor!...

Cuando llegué a mi casa me dio un vuelco el corazón. Entré, y tía Pepilla salió a mi encuentro:

—¡Rorró! ¡Rorró! Mira...—y me enseñaba una carta.

—¿Qué es eso?

—Mira... ¡una carta!

—¿De Angelina?

—¡De Angelina!... Vamos a ver qué te dice....

—Sí, tía; pero después de que yo la lea....