—¡Cómo tú quieras, Rorró!—contestó sonriendo.

Corrí a mi cuarto, encendí el quinqué, y, presa de hondísima emoción, leí la carta.

Mi tía pretendía en vano disimular su impaciencia.

—¿Qué dice?...

—¡Vamos, tía, calma, calma! Voy a leerla; pero que tía Carmen la oiga también....

Linilla había previsto el caso, y escribió dos cartas: una para que pudiera yo leerla delante de mis tías; la otra para mí.... ¡Sólo para mí!

¡Con qué alegría recibieron las buenas ancianas la carta de la joven! Cuando acabé la lectura estaban llorando.

Quería yo estar solo, y corrí a mi cuarto.... ¿Decirles que tenía yo empleo en la hacienda de Santa Clara? ¡Quién pensaba en eso!

La carta de Angelina decía así:

XXXVII