Una hora después salía yo de la casa del señor Fernández. Presenté la tarjeta del doctor y fuí recibido perfectamente. El hacendado me hizo pasar a su despacho, una pieza elegantemente ajuarada. En dos por tres quedamos arreglados.

—Le espero a usted el día quince. Vendrán por usted. Mandaré un criado. ¿Tiene usted costumbre de montar a caballo?

—No, señor, debo hacerlo como un colegial....

Sonrió el hacendado, y me dijo:

—¡Amiguito: ya veremos!... Cabalgando se aprende....

Después se habló de mi familia, de mis tías, de la enfermedad de mi madrina, de mi abuelo, a quien había tratado en no sé qué parte, y luego, en dos palabras me despidió.

—Bien:—dijo—¡asunto arreglado! Usted me perdonará... ¡estamos de viaje!... ¿Gusta usted de almorzar?

Y se levantó y me condujo a la puerta.

En esos momentos apareció la señorita.

—¡Papá!