—¡Pues lo he de decir!... ¡Pues, vaya, que... esa señorita nos... choca!
—¿Y por qué?
—¡Friolera!—exclamó Luisa.—¿No la ve usted tan pagada de sí, y tan orgullosa, que a todos desprecia, y que dice que todas las vilaverdinas somos unas payas..., unas ridículas.
—Vean ustedes, señoritas: pienso que esa niña no es orgullosa, ni está pagada de sí; pienso que no desprecia a nadie, y que, por lo contrario, es muy amable con todos; y de seguro que es incapaz de decir eso que ustedes le atribuyen....
—¡Usted qué ha de decir!... Usted la defiende porque... ¡vaya! ¡porque está usted enamorado de ella!
—¿Yo, Teresa?
—Sí.
—¿Quién ha dicho eso?
—¡Todo el mundo! ¡Todo el mundo lo dice!
—Pues «todo el mundo» dice mentira.