La tormenta estaba encima.

—Son ustedes muy maliciosas. Es cierto que estuve en la casa del señor Fernández..., ¿y qué?

—¡Vaya! ¡Vaya! Confiesa usted...—exclamó Luisa, abanicándose.

—Nada tiene de extraño. Ya saben ustedes que los negocios.... Fuí a recoger una firma.

—¡Puede! Si nosotras estábamos allí.... Fuimos a pagar la visita. Ya nos daba vergüenza ver a Gabriela. Figúrese usted que hace más de un año que vino acá. Papá decía a cada rato: «Niñas... ¿ya pagaron esa visita?» Nosotras no queríamos ir... porque... la verdad....

—¡No la digas;—interrumpió la morena—no la digas, que Rodolfo es de los interesados!

—¡Adiós! ¿Y por qué no? Una es muy dueña de decir lo que quiera....

—¡Sí; pero... no a todo el mundo! ¿No ves que Rodolfo....?

—¡Diga usted, Teresa, diga usted!

—¡No, Tere!—suplicó Luisa.