—¿Oyes, Tere? ¡De... casa!
—Pues de allá salí hace una hora.
—¿Conque de casa, eh?—murmuró la morena.—¡De casa!
Se miraron discretamente, y sonrieron.
Luisa, para lucir sus lindas manos, se compuso el peinado, afirmando las horquillas con la punta de los dedos. Teresa se acomodó en el asiento dejándome ver los pies, primorosamente calzados; luego, cerró de un golpe el abanico, fingió que arreglaba las varillas, bajó los ojos, y después de un rato de silencio, repitió, viéndome de hito en hito:
—¿Conque de casa, eh?
Me eché a reír. Aquel «conque» era la muletilla de las señoritas Castro Pérez, y en Villaverde cuando de ellas se hablaba, todos decían «las niñas Castro Conque».
—¿De qué se ríe usted?—preguntó contrariada la rubia.
—De nada. Son ustedes muy maliciosas....
—¡Conque de casa!—volvió a decir.—No sabíamos que vivía usted allí, en el «pa... la... cio» de la marquesita. ¿Por qué no avisa usted cuando muda de casa?