—Oiga usted, Rodolfo: ¿me quiere usted hacer un favor?
—Veamos, ¿cuál?...
—¿Tiene usted amores con esa señorita?
—No.
—¿De veras?
—De veras.
—Pues, enamórela usted; enamórela usted. Yo conozco muy bien a las mujeres, como que soy del sexo. ¡Enamórela usted! ¡Yo le aseguro que en dos por tres se arreglan ustedes!
—¿Y Ricardo?—pregunté con mucha seriedad.
—¿Ricardo? ¡Qué rabie! ¡Quién le manda ser tonto!
Las muchachas se levantaron, chacharearon dos o tres minutos, y se fueron. Ya en la puerta se detuvieron. Teresa se volvió hacia mí, y con tono entre suplicante y malicioso me dijo: