—Rodolfo: ¡enamórela usted!
XLI
Castro Pérez llegó un poco antes de las cinco. Entró silencioso, dejó en su mesa el sombrero y el bastón, y luego, paso a paso, se dirigió a la mía:
—¿Acabó usted la copia?
—Aquí está.
Leyó el alegato, firmó, y volvió a su pieza. Yo le seguí.
—Deseo hablar con usted dos palabritas.
—¿De qué se trata?
Díjele que iba yo a separarme; que a ello me veía obligado por la necesidad; mis gastos iban siendo mayores cada día, y lo que allí ganaba no me era suficiente para atender a mi familia.