—Vamos:—me interrumpió—¿a qué viene todo eso? Está usted disgustado porque esta mañana....

—No;—me apresuré a contestar—dí motivo para que usted me reprendiera. Tiene usted razón; el deber es lo primero. No, señor: le aseguro que no es esa la causa de mi separación. No gano aquí cuanto necesito, y, como es natural, estoy obligado a procurar que mis tías no carezcan de nada. Tengo empleo en otra parte.... Allí ganaré más.

Encendióse el jurisperito, se irguió en la poltrona, se compuso las gafas, y mirándome por encima de los cristales me dijo desdeñosamente:

—¡Bien! ¡Bien! Y... sepamos, ¿qué empleo es ese? ¿Va usted a meterse a maestro de escuela?

—No, señor.

—¿Pues, entonces?

—Voy a la hacienda de Santa Clara....

—¡Ya me lo imaginaba! ¡Lo de siempre! ¡Ese Fernández se ha empeñado en quitarme los escribientes! ¡Bien! ¡Bien! Haga usted lo que guste; haga usted lo que mejor le convenga; pero no diga que aquí ha estado usted mal retribuído, ¡porque no es verdad! Nadie ha ganado aquí más que usted. No diré que le pago un capital, ni mucho menos, porque el dinero no cae con la lluvia, pero... es usted soltero, no tiene usted familia, ni obligaciones.... ¡Con lo que tiene usted aquí... le basta y le sobra! ¡Bien! ¡Bien!

Quise replicar, pero me pareció inútil toda aclaración. Castro Pérez prosiguió:

—No estará usted contento en Santa Clara. Lo anuncio desde ahora. Allí, según noticias, ¡se trabaja mucho, mucho!... Usted no tiene costumbre de matarse así, de sol a sol, como un gañán. Aquí está usted mejor; tiene usted tiempo libre para todo.... ¡Hasta para hacer versos! ¡Bien! ¡Bien! ¿Y cuándo se va usted?