—Dentro de quince días.
—Eso sí está malo, ¡malísimo! ¡Bien! Se irá usted cuando guste. Hoy mismo llamaré al sustituto. ¡Queda usted libre desde hoy!
—Yo contaba con seguir aquí, al servicio de usted, hasta el día en que debo estar en la hacienda, y he querido....
—No, joven, no; lo que ha de ser tarde que sea temprano.
Me sentí humillado, y callé.
—Vea usted, joven;—agregó con dulzura—quédese usted conmigo.... Le aumentaré los emolumentos; le daré cinco pesos más. ¡Creo que con eso no tendrá usted dificultades!
—¡Imposible, señor! Acepté ya el destino, y no me parece conveniente rehusarle ahora.
—Tiene usted razón. ¡Bien! ¡Bien!
Abrió el cajón de la mesa, sacó un puñado de monedas, me hizo la cuenta, a tanto por día, como a un criado, y me dió unos cuantos duros. De buena gana me hubiera yo negado a recibirlos, a pretexto de generoso desprendimiento, pero aquel dinero me era necesario; era pan y vida alegre para algunos días.
¡Triste condición la del pobre!—pensé.—¡Triste condición la de quién está obligado a servir a otro! Y entonces recordé, uno por uno, todos los malos ratos que había pasado yo en la casa del jurisperito, y en los cuales no reparé nunca, aunque no fueron pocos. Recelos, malos modos, despótico trato, reprensiones inmotivadas, correcciones estúpidas, alardes de ciencia que tenían por objeto mantener un crédito cimentado en arena, y, sobre todo, esa desconfianza ofensiva, insultante, que hay en algunos ricos para con el desgraciado que les sirve y gana poco, de quien se teme todo lo malo, y a quien se puede ultrajar impunemente, pues se sabe que el ultrajado tendrá que callar, porque si habla y replica, y rechaza con noble energía la infame sospecha, se quedará sin el mendrugo diariamente ganado a costa de un trabajo penoso.