Hasta entonces paré mientes en que el pobre, el que vive de un sueldo mezquino, está a merced de quienes le pagan. ¿Qué hará si le echan a la calle? ¿Qué hará, si, lastimado en su honradez y en su dignidad, protesta de su inocencia, y toma el sombrero, y se va? «¡No hará tal!—dice el amo.—¿Qué come mañana? Tiene hijos, esposa...» Y fiado en esto le ultraja y atropella sin piedad.

Pero entonces no había caído en mi corazón ni una gota de hiel. La juventud es generosa, es buena, y no cree, no quiere creer que los demás son o pueden ser malos; piensa que sólo hay corazones nobles y almas bondadosas.

No olvido ni olvidaré jamás que cierto día, en el despacho de Castro Pérez, recibí una buena cantidad en metálico; conté y volví a contar las monedas, las revisé con el mayor cuidado, y estaban completas. Contólas después el jurisperito, y le faltó una. No tardó en salir trémulo y colérico.

—¡Aquí falta dinero!...—prorrumpió en voz alta, delante de Porras y Linares.

Volví a contar el dinero en presencia de todos. ¡Cabalito!

—¡Tiene usted razón!—murmuró don Juan.—¡Usted dispense!

Don Cosme no se dió cuenta de lo que pasaba. Porras me detuvo al paso, y, poniendo sus manos en mis hombros, me dijo dulcemente:

—¡Este hombre no tiene remedio! ¿Quién le manda a usted gastar esas corbatas... tan bonitas! ¡Paciencia, joven! ¡Paciencia!

Dieron las seis, recogí algunos papeles que tenía yo en el cajón de la mesa, dí las gracias a Castro Pérez por sus bondades para conmigo, y me lancé a la calle.