Don Juan, interrogado en la botica acerca de la causa de mi separación, se limitó a decir:

—Es muchacho inteligente, trabajador, tiene bonita letra, muy bonita, y aunque de cuando en cuando se le escapan algunas faltas de ortografía, escribe bien, ¡muy bien! No sabía nada cuando entró en mi despacho, y pronto se puso al corriente.

—Bueno,—le replicaron.—¿Entonces... por qué se ha separado de la casa de usted?

Castro no respondió, hizo un gesto, y después de un rato de silencio murmuró:

—¡No me convenía tenerle en casa!...

Todos callaron, y nadie se atrevió a inquirir el motivo de mi separación. Unos pensaron que, sin duda, no veía yo con malos ojos a Teresa o a Luisa; otros que, acaso, no cumplía yo con mis deberes; y todos que.... ¡No me atrevo a repetirlo! Todavía, después de tantos años, ahora que de nadie necesito, ahora que si no soy rico, por lo menos vivo cómoda y decentemente, sin pensar en el dinero para el día de mañana, cuando recuerdo la hipócrita calumnia de Ricardo y las reticencias de don Juan, siento que me ahoga la sangre.

Me retiré de la botica triste y afligido. ¿Y si la calumnia aquella, corriendo de boca en boca, llegaba a oídos del señor Fernández? Este me cerraría las puertas de su casa, me negaría el empleo, ordenaría que me vigilasen los demás empleados.... ¿Y si la calumnia llegaba hasta mis tías?... ¡Las pobrecillas se morirían de pena!

Es la calumnia como los miasmas de los pantanos: se levantan del fango en leve, imperceptible burbuja; se extienden, se difunden, envenenan los aires, y llevan la muerte a todas partes. En todas partes nos acechan: en el aire, en el agua, en los frutos incitantes que esmaltan los follajes, hasta en el aroma de las flores.

Muere el calumniado, pero la calumnia sobrevive, como para perseguir a la víctima hasta más allá de la tumba. La calumnia es la fetidez de las almas corrompidas. El corazón del calumniador es un esterquilinio.

Corrí a mi casa, me encerré en mi cuarto, y me tendí en la cama. Mis sienes ardían; el corazón se me hacía pedazos. Volviéndome y revolviéndome en mi lecho pasé dos o tres horas. ¡Odio, odio terrible, deseos insaciables de venganza, que era preciso satisfacer!... Las pasiones más horrendas se agitaban en mi alma; las tinieblas del mal se agrupaban en torno mío, y al entornar los ojos percibía yo fulgores rojizos, relámpagos de sangre. Aborrecí la vida; maldije de ella; pedí la muerte, quise morir, morir, y no para escapar de mis enemigos, sino para libertarme de aquellas pasiones tempestuosas que entenebrecían mi espíritu y batallaban dentro de mí como legiones de irritados demonios. Pensé con alegría en la muerte. Dulce, amable, consoladora, surgió ante mis ojos como una doncella pálida, de rostro tristemente risueño.... Sin darme cuenta de lo que hacía yo, mis labios repetían estos versos de Leopardi, leídos, pocos días antes, en las notas de un libro francés: