«Solo aspettar sereno
Quel di ch'io pieghi addormentato il volto
Nel tuo virgineo seno.
XLIII
Entró la noche, llegó la hora de la cena, y tía Pepilla vino en busca mía.
—Muchacho: ¿qué tienes? ¿estás enfermo?
Tocóme en la frente y en las mejillas para ver si tenía yo calentura, y acariciándome dulcemente prosiguió:
—¿Qué te pasa? Dímelo, muchacho, dímelo.... No hay en tu rostro la serenidad de siempre. Algo ha pasado que te apena.... Tú padeces.... ¡Habla, Rorró, habla por Dios! ¿Con quién has de quejarte si no es con nosotras?
—¡Nada, tía, nada!... He dormido toda la tarde, y la modorra me tiene así. ¡Vamos a la mesa!
Salté de la cama, ofrecí mi brazo a la anciana, y paso a paso nos dirigimos al comedor. Afectando la más alta corrección, como la de apuesto caballero que asiste y corteja en un baile a gentilísima dama, bromeaba yo con mi tía:
—Señorita... ¡es usted encantadora! Dígnese usted escucharme. Ya no puedo, ni debo callar.... ¡Amo a usted!... ¡La adoro!