«Me dí a pensar en mi suerte. Me ví solo en el mundo, sin padres, sin parientes, sin amigos. ¿Quiénes me amaban? Dos ancianas que estaban, sin duda, a orillas del sepulcro; un pobre médico, rendido al peso de los años; un buen servidor; un maestro de escuela, enfermo y miserable; una niña desgraciada, huérfana, condenada a padecer. La desdicha y el infortunio nos habían juntado, y serían siempre nuestros compañeros...»
«A veces me sentía dichoso, feliz; aleteaban en mi alma las mariposillas de la ilusión; me sonreía la esperanza, y soñaba con auroras primaverales y venturosos días. Y ¿qué era todo eso? Delirios, fantasías, locuras de muchacho que no sabe nada de la vida. ¡Ah! Si me fuera dable matar en mí esta voluntad, siempre activa, siempre inquieta.... No buscar la felicidad, huir del dolor...»
Entregado a estas ideas pasé largo rato, cerrados los ojos, de codos en la roca, oculto el rostro entre, las manos. Había obscurecido y era preciso volver a la ciudad. El caserío estaba iluminado y el firmamento tachonado de luceros. Un fulgor de plata inundaba el horizonte, y allá, tras los picachos de la Sierra, surgía la luna llena, espléndida y magnífica.
XLVII
A las cuatro de la tarde ya todo estaba listo. Tía Pepilla arregló mi petaca en dos por tres, y concluída la faena me dijo cariñosamente, echándome los brazos:
—Rorró... ¿no vas a despedirte de tus amigos?
—¿Amigos?
—Sí; el doctor, tu maestro, Ricardito Tejeda....
—Sí, iré, es natural... tiene usted razón. Pero no veré a Ricardo....