—¿Por qué, Rodolfo? Te quiere mucho... desde niños fueron amiguitos. Si tú vieras... cuando estabas en el colegio, siempre que venía a vacaciones, o de paseo, no dejaba de visitarnos. Y nos decía: «Doña Pepita: yo quiero mucho a Rorró, mucho; somos muy buenos amigos; siempre andamos juntos. ¿Necesita algo? Yo se lo doy. ¿Yo lo necesito? El me lo da. ¡Cómo dos hermanos!
—Pero, tía: ¿no ve usted que no viene a verme, ni me busca? ¿Cuántas veces ha venido?
—Sí, eso es cierto; pero la verdad es que no ha estado aquí. Su mamá me dijo que en Pluviosilla tiene unos parientes con quienes ha pasado todo el mes. Vas a visitarlo.... ¡Antes tan amigos... y ahora...! Mira, vas; irás porque yo te lo ruego. Sus padres han sido muy buenos con nosotros. ¿Verdad que irás?
—Tía: ¿para qué he de mentir? No.
—¿Por qué, dime, por qué? ¿Han tenido ustedes algún disgusto?
—No, tía; pero no es decoroso que yo le busque, cuando él se muestra conmigo desdeñoso y frío.
No insistió la anciana; sospechó, tal vez, que motivos muy justos me obligaban a no visitar a mi amigo, y se limitó a decirme:
—Bueno; harás lo que quieras... pero no dejes de ir a la casa de don Crisanto; no dejes de ver a don Román....
—¡Iré, iré de mil amores!
El doctor no estaba en su casa. Le encontré en la calle, cerca de la Parroquia, y hablamos largamente.