«Mañana,—decía—a las seis en punto irá por usted mi caballerango. Si trae usted algún bulto mándelo a mi casa, para que a medio día se lo traigan los arrieros».
Andrés estaba en la sala con mis tías. Al verme exclamó:
—¡Aquí está el campirano! Ya lo verán ustedes mañana, qué plantadote, con el sombrero charro y el pantalón ceñido!
Y me tomó del brazo y me llevó a mi cuarto.
—¡Vaya! Aquí está todo. Me parece que toda está bueno. Mira: qué bonito salió el pantalón! La chaqueta y el chaleco no pueden ser mejores.... El sombrero.... Vamos, ¿qué dices del sombrero? Está decentito. Tú lo quisieras galoneadote.... Ya lo comprarás así. Ahora toma.... Mi manga de hule.... Las gentes de campo la necesitan mucho. Este joronguito es para que te lo pongas cuando haga frío.... Es fino, de muy buena clase. ¿Te gusta? Te lo regalo.... Para tí lo compré hace mucho tiempo, cuando eras catrín, y por eso no te lo dí. Ahora te servirá. Te falta una pistola... pero tus tías no quieren que andes armado. Aquí la traigo; escóndela, y mira lo que haces mañana para que no te la vean. La pistola es necesaria... causa respetillo, y a un hombre armado no se le atreve cualquiera. Allá con los mozos no estará de sobra; que te la vean, para que no te falten al respeto. Hay gente mala... eres muy muchacho, y bueno es que sepan que tienes esto para defenderte. Ponte la ropa; vístete de charro; quiero verte, porque mañana no podré venir....
Quise darle gusto, y procedí a mudar de vestido. Andrés me ayudó. Pronto estuve listo. Zapato vaquerizo; ceñido y bien cortado pantalón; chaquetilla gentil; sombrero bien ladeado, y joronguillo al hombro.
—¡Buena facha! ¡Eso es! ¡Bien plantado! Pero.... ¡Ven, para que te vean tus tías!
Echóme el brazo y me condujo hacia la sala. Al entrar exclamó:
—¡Aquí está el hombre! Vamos a ver... ¿qué le falta?
Tía Pepilla sonreía regocijada. La enferma me veía apenada y triste.