XLVIII
Faltaban pocos minutos para las cinco cuando desperté. Ya señora Juana andaba por la cocina disponiéndome el desayuno. Tía Pepa no salía aún de sus habitaciones.
El «sur» soplaba furioso, y la campanita chillona de San Francisco sonaba alegremente, llamando a misa.
Me vestí el famoso traje de charro, cerré el ropero, y cuando me dirigía yo al comedor, la tía Pepilla me detuvo.
—Rorró....
—Buenos días, tía....
—¿Me haces un favor?
—Mande usted.
—Coge el sombrero, y corriendito te vas a oír misa. Oye: están llamando; es la misa del P. Solís, que es ligera.... ¡Anda, ve, pídele a Dios que te vaya bien!