Obedecí a la anciana, corrí al templo, y oí la misa muy devotamente. Media hora después estaba yo de vuelta. Cuando llegué, los caballos me esperaban a la puerta. El criado se adelantó, y descubriéndose me dijo:

—¿Usted es el señor que ha de ir a la hacienda?

—Sí.

—Pues... ¡aquí están los caballos! Cuando usted lo disponga....

Entré, y me desayuné muy de prisa, sin apetito, abatido, silencioso. Tía Pepa se sentó a mi lado. Trataba de animarme, y hacía esfuerzos para disimular su pena.

Llegó la hora de partir. No quise irme sin decir adiós a la enferma. Aun estaba en el lecho la pobrecilla. Al verme sonrió tristemente.

—¿Ya te vas?—murmuró con voz muy trémula.

—Sí, tía;—le contente, abrazándola—ya es hora de irnos; ya dieron las seis y me están esperando....

—Bueno... ¡vete, y que Dios te bendiga! Escribe luego que puedas. Saludas de nuestra parte al señor Fernández, y a la señorita. Escribe con frecuencia. Acaso tengas que tratar con los mozos.... Te encargo mucha prudencia, mucha seriedad.... ¡Vamos, dame otro abrazo, y que Dios te lleve con bien!

La pobre anciana tenía los ojos arrasados en lágrimas, y hacía grandes esfuerzos para aparentar calma y serenidad. Tía Pepa nos miraba y sonreía tristemente. Abracé a la enferma, le dí un beso en la frente, y salí de la estancia. Me puse al cinto la pistola, dije adiós a mi casita, y a mis libros, mis buenos amigos, mis cariñosos compañeros, y me dirigí a la calle. Mientras el mozo arreglaba la silla y ataba a la grupa la manga y el joronguillo, salió mi tía Pepa, y tras ella señora Juana.