—Vamos, hijo mío, ¿no me dices adiós? ¿Te olvidas de mí?
—No, señora, ¡cómo!
—¿Cuándo vendrás?
—No sé. Acaso dentro de ocho o quince días.
—¿No me haces ningún encargo?—me preguntó entre llorosa y risueña.
—Sí, tía. La ropa limpia. Con ella el traje nuevo.
—¿Y nada más?
—Nada más. ¡Ah! Si escribe Angelina mándeme usted las cartas. Las mete usted en otra cubierta. A mi buen Andrés muchas cosas. Y adiós, tía, que no hay tiempo que perder.... ¡Vaya, un abrazo, señora mía! ¡Otro a usted, señora Juana! Cuide usted de mis pájaros y mis flores.
Monté a caballo y eché a andar. El criado, un mancebo vivaracho y listo, me miraba de hito en hito, como si dudara de mis aptitudes para la equitación. Cuando puse el pie en el estribo sonrió maliciosamente. Sin duda decía para sí:
—Este es un «cachalete»....