—Este es Pepillo.... Aquí le tiene usted... enfermo. Pero ya vamos bien; ¿no es eso? Y pronto estará muy guapo y muy alegre....
El niño contestó con una sonrisa, dejándome admirar la hermosura de sus ojos negros, muy brillantes y expresivos.
Mientras Gabriela me servía, observé al chico. Era corcovado y tenía color de cadáver. Causóme dolorosa impresión la figura de aquel pobre niño enfermizo y lisiado. Su rostro era el rostro de un polichinela: naricilla de poeta satírico, boca grande y sarcástica, sonrisa burlona. El cráneo voluminoso, bien conformado, acusaba rara inteligencia, aterradora precocidad. El pobre chico apuraba a sorbos una taza de leche, y no dejaba de mirarme.
El señor Fernández me habló de la belleza del camino, de la buena condición del caballo que me había mandado, y terminó preguntándome por mis tías.
-¿Y Angelina?—dijo la señorita.
-¿Angelina?... En San Sebastián... con el P. Herrera...—contesté.
—Papá: ¿conoces a esa joven?
—No;—respondió el caballero—pero debe ser muy hermosa, y sobre todo muy estimable... porque tú nos hablas de ella a cada instante.
—¿Verdad, señor,—dijo la señorita dirigiéndose a mí—verdad que Angelina es una muchacha muy inteligente y muy cariñosa? Es compañera mía en la Conferencia, y todos la queremos mucho, ¡mucho!... Y, dígame usted: ¿por qué es tan retraída? Yo siempre empeñada en llevarla a casa, y ella excusándose. Cuando usted la vea, dígale que la quiero mucho; que la estimo en todo lo que vale; y que hace mal en no corresponder a mi cariñosa amistad.
—No, señorita:—me apresuré a replicar—Linilla (así le decimos en casa) corresponde al afecto de usted como es debido. Usted hace de ella muchos elogios, y ella no escasea las alabanzas.