Entonces la señora preguntó con inoportuna curiosidad:

—¿Esa joven es de la familia de usted?

—No, mamá;—interrumpió Gabriela—ya te he dicho la historia de Angelina. El P. Solís nos la contó una noche. Esa joven es hija adoptiva del P. Herrera.

—¡Ah que mamá!—exclamó el corcovadito.—¡Qué memoria la tuya! Acuérdate, acuérdate.... El P. Solís contó la historia. Esa joven....

—Calla, Pepillo; no hables de eso.... No son cosas de niños...—dijo Gabriela.

El chico prosiguió:

—Esa joven, que el señor llama Linilla, es hija de un militar, y el P. Herrera la recogió en un mesón; es huérfana, no tiene ni padre ni madre....

—Pues ¡yo no me acuerdo de eso!...—dijo la señora con mucha calma, sirviéndose una tajada de rosbif.

—¡Ah que mamá! ¡Pues yo sí me acuerdo! Todo eso nos lo contó el P. Solís, allá en casa, una noche, a la hora de la cena. ¿No es cierto, Gabriela? Y también dijo que a él le gustaría mucho que el señor se casara con Linilla.... ¡Vaya... con la señorita Angelina!

Rieron todos de la indiscreción del corcovado. Gabriela me miró, y pasándome un plato murmuró a mi oído: