—Creo que sí....

—¡Muy buena! ¡Muy buena! ¡Cómo un pan de gloria! Y te quiere mucho.... Parece que te conoció desde que eras así. ¿Te acuerdas qué travieso? ¿Te acuerdas de cuando rompiste el juego de café de tu tía Carmen? Me parece que te veo: te fuiste a esconder en la bodega. De allí te sacamos para que vinieras a comer, y viniste pálido y lloroso. ¡Tú dirás! Por unos cacharros cualesquiera.... Eran de China, y muy bonitos; pero qué importaba. ¡Todavía se acuerda de ellos tu tía! ¿Por que te sonrojas? ¡Vaya, hijo! ¿Todavía tienes miedo de que te castigue tu madrina?

Efectivamente, el recuerdo de aquella diablura me sacaba al rostro los colores. Se trataba de un precioso servicio de café, de legítima procedencia chinesca, que mi abuelo compró en un puerto del Pacífico, a bordo de un navío inglés que volvía del Celeste Imperio. Era el encanto de la casa. Un día, jugando a la pelota, ¡chas! quedó hecho pedazos.

—Pues bien, como te iba yo diciendo:—prosiguió mi tía,—es muy buena muchacha... y te quiere mucho. Las últimas camisas que te mandamos las hizo ella, y ¡con qué cuidado!

—Dígame usted, tía, ¿quién es esa joven?

—¡Ahora te diré!—e interrumpiéndome, gritó:

—¡Angelina! ¡Angelina! ¡Ven acá!

Y continuó, dirigiéndose a mí:

—Está, con Carmen. Si tú vieras: es muy hábil para todo, muy hacendosa, o, como dice, señora Juana, muy mujer! Es la alegría de la casa. Parece un pajarito que a todas horas está cantando. Nos tiene un cariño, un amor... que.... ¡Si te diga que pareces de la familia! ¡Qué cuidados con Carmen! Es muy viva, muy sabia; escribe que es un, encanto! Ya conoces su letra; ella escribe cuando yo estoy con la jaqueca. La pobrecita ha sido muy desgraciada. ¡Dios le dé un buen marido!...

—Pues... pedírselo a San Antonio¡