—Tengo una carta para tí, una carta de Angelina. Ayer la trajeron; hasta ayer vino el mozo.... Ahora te la daré....

—Venga esa carta, tía; venga esa carta....

—¡Impaciente! Come y calla. Para todo hay tiempo.... Y dime: ¿qué tal es la señorita Gabriela?

—¡Lindísima!

—¡No tanto, hijo, no tanto! No es fea... ya me lo sé. Pero, ¿es buena, es simpática? ¿No es orgullosa ni altiva? Vamos: dime, dime....

—¡Antes la carta, tía; antes la carta de Linilla!

—¡Paciencia, niño, paciencia! ¿Qué fugas son esas? Cualquiera diría....

—¿Qué diría?

—¡Nada!...

La anciana sonrió dulcemente, y salió del comedor. A poco apareció en la puerta, mostrándome la carta deseada.