—¿Qué me das por esto?
—Un abrazo.
—¡Es poco!
—Un beso.
—Es poco.
—Pues entonces, ¿qué quiere usted?
—¡Tu cariño! ¡Tu cariño, muchacho, que con eso me basta!
La señora llegó hasta mí, me abrazó, me acarició dulcemente, y puso delante de mí la carta de Linilla, diciéndome:
—¡Ay, Rorró! Anoche soñé una cosa....
—¿Qué?