—Mira, Rorró; a mí no me engañas....
—¡Ah!
—Mira, lee tu carta... ¡y déjame en paz!
En mi cuarto, a solas, leí la carta de Lanilla.
«Rodolfo mío:
«En vano habrás esperado mi contestación, y ya me imagino tu impaciencia al no recibir noticias mías. Papá ha estado enfermo. Cosa de nada, es cierto, pero nos tuvo muy inquietas, y de más a más el mozo no ha ido a Villaverde. Fué a Pluviosilla a traer muchas cosas para la Semana Santa: cera, ornamentos, y una urna lindísima que será estrenada el jueves. Vamos a tener unos días de mucho trabajo. Figúrate que aquí no se cuenta con nadie para eso de arreglar el altar, y yo tengo que hacerlo todo. He preparado cosas muy bonitas: cortinas, ramilletes, moños, y otras mil chucherías, todo nuevo. Papá está contentísimo, y cuando descansa del confesionario viene a divertirse y a ver cómo trabajo. Ahora no es tiempo de pensar en el novio, señor mió; es mucho lo que falta por hacer, y todo tiene que salir de mis manos. Al fin del día estoy muy cansada; pero yo no te olvido y a todas horas pienso en tí, y además te dedico un rato todas las noches, y a esa hora no hago más que recordarte y ver tu retrato. Son las once de la noche, estoy solita en mi pieza, y con lápiz, porque olvidé traer el tintero y la pluma, te escribo estas lineas, muy de prisa, tan de prisa que no sé cuántos disparates estoy poniendo.
«Me alegro que pienses de otro modo. ¿Qué es eso de creer que la vida es mala? No, señor mío; ni yo que he sido tan desgraciada tengo esas ideas. El otro día leí en un periódico un artículo muy largo en que trataban, de unos filósofos que tienen ideas parecidas a las tuyas. Allí hablan de un alemán, cuyo nombre no recuerdo porque es muy largo y muy revesado, del cual dicen que tiene ideas así como las tuyas. Y yo me dije: ¡vaya! sin duda que Rorró ha leído los libros de ese señor, y en ellos aprendió esas tristezas con las cuales me apena y me congoja. Pregunté a papá si esas obras están prohibidas, y me dijo que sí. De manera que, ya lo sabes, si las tienes, quémalas; si las has leído, no vuelvas a leerlas. ¿No es cierto que así lo harás? Sí, porque me quieres mucho.
«Cuando recibas esta carta ya estarás en Santa Clara. Cuidado te enamores de Gabrielita. Es muy hermosa, y muy simpática, y muy inteligente, y muy buena, y además rica; pero no te querrá tanto como yo.
«Después que leia la carta en que me decías que ibas a colocarte en la hacienda del señor Fernández me puse muy triste. ¿Por qué? ¡Dios lo sabe! Como eso es bueno para tí debía yo ponerme alegre, muy alegre, pues con ese destino ya no tendrás dificultades y tu vida será más tranquila; pero voy a confesarte una cosa, aunque te rías de mí. Me desagradó la noticia; sentí que el corazón se me oprimía y que los ojos se me llenaban de lágrimas. Ya sé la que vas a decir, ya lo sé. Dirás que estoy celosa.... ¿Celosa? No sé lo que son celos. Acaso esto que siento al pensar que vives cerca de esa señorita tan hermosa y tan elegante; acaso serán celos estos temores que me asaltan cuando recuerdo que hace tiempo que Gabriela me preguntó por tí, con mucho interés, con «demasiado interés». Comprendo que en ella encontrarás muchas cosas que yo no tengo; Gabriela es una señorita más digna que yo de ser amada, sí, más digna que yo. No me da pena confesarlo; y óyelo bien, mira que te lo digo sinceramente, como lo siento, como si mi madre me oyera: si te enamoras de Gabriela; si en el amor de esa niña esta cifrada tu felicidad; si ella es para tí dicha y ventura, no vaciles, olvídame, ¡olvida a la pobre Linilla, y se feliz! Ya te lo dije, te lo he dicho muchas veces, todo el anhelo de mi corazón es verte dichoso. Porque lo seas lo sacrificaré todo, me arrancaré del alma tu cariño y procuraré olvidarte. Acuérdate de lo que dice tu tía Carmen: que para tí, «sólo Gabriela». El corazón me dice que nuestros amores no serán dichosos.... ¿Sabes por qué? Porque nací condenada a padecer, y no me conformo con el cariño de mi papá, que es lo único en que debo fiar. Una cosa voy a pedirte: que el día que ya no me quieras me hables francamente, y me digas la verdad, ¡toda la verdad! Tú dirás que estos temores míos son infundados, que son locuras mías.... ¡Dí lo que quieras! Yo cumplo con no ocultarte nada, nada de cuanto pienso y siento. Ya sabes que no tengo secretos para ti, y que cuanto se me ocurre te lo digo, aunque sea en contra mía.
«Quería decirte una cosa, pero reflexiono y pienso que sería inoportuno hablar de ella. Sin embargo, voy a confesarte mi deseo de no ocultar a papá nuestros amores. Me parece cruel, inhumano, que los ignore. No debí corresponder a tu cariño sin que papá tuviera noticia de que te amo y me amas. Hice mal, muy mal, así lo comprendo, y acaso esta pena que oprime mi corazón es un castigo para mí. ¡Celos! dirás tú. Lo que tú quieras; yo sé que me duele el alma; que no ceso de llorar, y que tengo que ocultar mis lágrimas. No tengo a quien contar lo que me pasa, y acaso el pobre anciano podría consolarme y aliviar mi pena. Si papá supiera nuestro amor con él hablaría yo de tí, de mis temores, de mis presentimientos, de que sólo pienso en tu felicidad, aunque sea a costa de mi dicha. Pero no le diré nada, no, jamás; se apenaría el santo viejecito, y no quiero contristar ese noble y apasionado corazón, corazón de niño, corazón de mujer que fácilmente se lastima. Aunque tú me digas que sí, que le diga todo, no lo haré.