En aquellos momentos pasaron frente a nosotros las señoritas Castro Pérez. Entonces empezó la murmuración y el hacer trizas a las pobres muchachas. Ricardo dejó el periódico y salió a la puerta para ver a las señoritas. Las chicas se detuvieron un instante, saludaron, y la rubia exclamó, dirigiéndose a mí:
—¡Rodolfo! (con permiso de los señores).... Acompáñenos hasta la iglesia.... Tenemos que hablar con usted.
Me despedí del grupo, y acudí al llamado de la señorita. A la sazón salía Ricardo; vióle Teresa, y la pobre niña se encendió como una amapola, bajó los ojos, y se adelantó. Cuando yo le tendí la mano estaba trémula y sofocada por la exitación. Mi «amigo» la miraba desdeñoso y altivo.
No bien nos alejamos de la botica, se soltó Luisa:
—¡Conque se casa usted! Ya lo sabemos todo.... ¡Buena suerte, y gracias por el favor!... Tere está, muy agradecida.... ¿Vió usted a Ricardo? ¡Está que rabia! ¡El que se creía tan afortunado! Estaba seguro de que le correspondería Gabriela.... ¡Buen chasco se ha llevado! ¡Muy merecido!...
—Pero, señoritas....
—¡Sí, sí, no lo niegue usted! Ya todos saben que la familia le distingue a usted mucho; que usted y Gabriela están a partir un piñón; que el negocio está, arreglado, y que tendremos boda. Será muy lujosa. Gabriela y usted echarán el resto....
—¡Por Dios!—interrumpió la hermana.
Protesté contra la murmuración villaverdina de la cual era yo víctima hacía tantos días; declaré que me indignaba oír tantas mentiras como repetían las gentes, y supliqué a las niñas que no dieran oídos a tales dichos.
—Pues usted lo negará... pero es cierto que Gabriela y usted están arreglados. ¡Todo se sabe!... Para que vea usted que nada ignoramos, le diremos lo que aquí se cuenta. ¿No es cierto que esa niña y usted se pasean en el jardín, solos, solitos?...