—¿En qué?

—¿Me ofrece usted decirme la verdad?

—Sí.

—¡Piensa usted en.... Linilla!

—¿En Angelina?

—Sí; desde que salimos no aparta usted los ojos de aquellas montañas. El amor no puede estar escondido.... Cuando hablo de esa niña no me responde usted.... ¿Le inspiro poca confianza?

—No, Gabriela: ¿a quién mejor que a usted pudiera yo confiar uno de esos secretos que no se pueden guardar mucho tiempo?

—Hable usted, Rodolfo, hable usted. Una amiga como yo suele ser buena consejera.... ¿Hay enojos en la niña? Pues contarlos a esa amiga. ¿La niña está contenta? ¡Pues decirlo!... ¿Padece usted?... ¡Pida consuelo!... ¿Es usted feliz? La felicidad es expansiva y franca. Sólo el dolor suele ser reservado y silencioso. Corresponde usted mal a mi amistad. ¿No he sido yo la primera en contarle la triste historia de un amor desgraciado?

—Sí, Gabriela.

—Pues entonces, dígame usted que ama a Linilla, y que Linilla le ama a usted....