—No, Gabriela;—le dije, trémulo y sonrojado,—estimo la confianza de usted; agradezco infinito la bondad con que usted me trata, la amabilidad con que me distingue... pero ¿qué decir de Linilla? ¿Que la amo con fraternal afecto?
—¿Fraternal solamente? ¿Cómo a mí?
Sentí que me ahogaba la emoción. Gabriela escribía en la arena, con la contera de la sombrilla, una letra, una letra, que brilló ante mis ojos como si fuera de fuego. Me dolió el corazón como si me le mordiera una víbora. ¡Tuve celos, celos horribles! ¿En quién pensaba la señorita? Aquella letra era la primera de un hombre amado, y ese nombre... ¡no era el mío!
—¿Cómo a mí?—repitió la doncella.
—¡Cómo a usted, Gabriela!
—Se engaña usted, Rodolfo. Angelina es dueña de ese corazón. Lo sé, no me cabe duda... mi perspicacia de mujer supo descubrirlo ha tiempo. El nombre de Angelina suena en los oídos de usted como celeste melodía. ¡Ya usted lo vé! Me estoy volviendo poetisa.... Ustedes se aman. ¿Nada le ha dicho usted? Algún día le confesará usted que la ama. Y entonces ella, que calla y oculta su secreto en lo más hondo del corazón, hablará también, y quedito, muy quedito, ¡así se dicen esas cosas! contestará:—¡Te amo!» ¿Cómo se hablan ustedes, de tú o de usted?
—¡De usted, Gabriela!
La señorita se echó a reir, y exclamó:
—Los labios dirán así... ¡pero los corazones no!
En aquellos momentos oímos voces que nos llamaban. Los señores se habían detenido en un puentecillo por donde el coche del corcovadito no podía pasar.