—Señorita, ¡nos llaman!
—Vamos.
Gabriela se levantó, y antes de dar un paso miró entristecida la cifra escrita en la arena.
Yo, al pasar, la borré con los pies.
—¿Qué ha hecho usted?
—¡Nada, señorita!
—¡Bien hecho!... ¡Mejor! Locuras mías.... ¡Quién pudiera olvidar!
LVIII
Oí que preguntaban por mí, dejé la pluma, me restregué los ojos y salí al corredor. Era Mauricio que volvía de Villaverde con la correspondencia.