El pobre Andrés me abrazaba enternecido.
Llegamos a la tienda de «La Legalidad».
—¿Entras?—me dijo.—¿Quieres un refresco?
—No; voy a tomar chocolate con las tías, y luego a casa de don Carlos.
—¿A qué hora saldrás de allá?
—Después de los fuegos, o, si puedo, antes.
—Te aguardaré en la esquina de la parroquia.
—Pasa por mí a la casa del señor Fernández.
—No....
—¿Por qué no?