Puse la cartita en manos de don Carlos. Leyóla de una ojeada, y exclamó:
—Pues que ensille Mauricio, y ¡vayase usted!
Y dirigiéndose al mozo agregó:
—Te vas con el señor.
Media hora después íbamos, y a buen paso, camino de Villaverde.
La noche estaba obscura. Allá en el corazón de la Sierra fulguraba lejana tempestad. Oíanse truenos lejanos, muy lejanos, y de cuando en cuando, a la luz de los relámpagos, descubríamos las cimas de los montes más distantes. El cielo parecía envuelto en una red de rayos.
Amenazábanos la lluvia, caían gruesas gotas, y en el bosque cercano resonaban las arboledas como al paso de impetuoso viento. Silbaban las serpientes entre los matorrales del camino, zumbaban mil insectos entre las hierbas, y el ruido del aguacero se aproximaba rápido y pavoroso. Los árboles me parecían espectros; las luces de las chozas cirios que ardían delante de un cadáver.
Ibamos al trote. Yo iba silencioso y angustiado; Mauricio me seguía diligente y respetuoso. La lluvia no invadió el valle, se detuvo en las montañas, descargó allí, y pronto fué despejándose el cielo. Allá, rumbo a Villaverde, centelleaban las estrellas del Carro. La tempestad seguía batallando, pero ya floja y desmayada, en lo más remoto de la Sierra.
«¡La muerte!—pensaba yo, mientras Mauricio silbaba entre dientes un canto melancólico.—¡La muerte! Voy a verla llegar... acaso ha llegado a esta hora.... Nunca creí que los míos, los que yo amaba, pudieran morir!»....
Me dolía el corazón, y mi pensamiento iba de una cosa a otra sin detenerse en ninguna. Complacióme el recuerdo de mejores años, de venturosos días; suspiraba yo por la tranquilidad del colegio en que pasé dos lustros, y me parecía que las alegres memorias de la infancia alejaban de mí pesares y dolores. ¡Angelina! ¿Dónde estaba Angelina? ¡Cómo lloraría por la enferma! ¡Gabriela! ¡Qué dulcemente consolaría a su amigo! Pero luego caía yo en un abatimiento tal y tan grande, que no acertaba a guiar la caballería. «¿Por qué se mueren las gentes ¡Dios mío! ¿por qué?—repetía yo.—¿Por qué quieres llevarte a la pobre anciana?» ¡Necio de mí que no acerté a pensar que la muerte estaba tan cerca! No, sí, lo pensé; lo pensé muchas veces; pero siempre la ví lejos, ¡muy lejos!... Y ahora venía de pronto, ¡insidiosa, inesperada... cruel... terrible!... El que se muere—me decía yo—es como un náufrago arrebatado por las olas: lucha por ganar la orilla, todos los que le aman quieren salvarle, y no pueden, y es imposible, todo esfuerzo es inútil... y el infeliz pide socorro... ¡y parece que no le oyen!... ¡Horrible! ¡Horrible!