—Dice que si ya....

—¡Tía!—exclamé sin poderme contener.—¡Eso no debe decirse!

—¡Adiós! ¿Y por qué no?

—Porque no.

Angelina, turbada, nos veía con penosa curiosidad.

—¡Qué tiene eso! Dice que si ya tienes novio.

La doncella se estremeció de pies a cabeza, se encendió como una amapola, y bajó los ojos avergonzada.

—¡No!... ¡no!...—repitió entre dientes.

—Ya lo ve usted, tía. ¡Qué malos ratos le hacemos pasar a esta buena niña!...

Oyóse el repicar de una campanilla. Tía Carmen llamaba. En esto encontró la doncella su salvación.