—Le molestaría un poco. Desde muy temprano se suelta cantando. A veces,—agregó, haciendo un mohín risueño,—está insufrible.

Pude gozar entonces de la belleza singular de aquella boca, de aquellos labios rosados que dejaron ver, al plegarse dulcemente, una dentadura irreprochable.

Mi tía Pepa se entretenía con el chocolate, y yo me servía en una rebanada de pan la fresca e incitante mantequilla.

La anciana, como si quisiera establecer entre nosotros una corriente de recíproca simpatía, exclamó después de engullirse una sopa.

—Oye, Angelina: Rodolfo está muy contento de las camisas que le mandamos, y dice que nadie las hará mejores. Elogia mucho las marcas de los pañuelos, y....

—¡Ay, señor!—murmuró la joven, trémula, y levemente sonrojada.

—Y dice también...—prosiguió la santa señora, en un arranque de indiscreta sencillez,—dice... que....

Comprendí la inconveniencia de mi tía, y la interrumpí.

—Tía, ¿qué tal, está bueno el soconusco?

Pero ella no me oyó, o no quiso oírme.