La doncella murmuró una excusa. Mi tía continuó, dirigiéndose a mí:

—Aquí tienes a la que, con esas manecitas, te hizo las camisas que te gustaron tanto; la que bordó aquellos pañuelos que te mandamos de cuelga el día que cumpliste diez y siete años, ¡Mentira parece! Y quien te conoció, así, chirriquitín, que cabías en un azafate...

Elogié las habilidades de Angelina. Esta, confusa y contrariada, no alzaba los ojos para verme.

Mientras señora Juana ponía delante de mí el café, el pan, la mantequilla, y no recuerdo qué más, y en tanto que la tía Pepa me servía, admiré a la joven. Era alta, esbeltísima y arrogante; había en ella esa externa y encantadora debilidad de las personas sensibles y delicadas que reside en todo el cuerpo y que se revela en todos los movimientos. Su rostro era de lo más distinguido. Pálida, con palideces de azucena, aquella carita fina y dulce se hacía casi marmórea por el contraste que producían en ella lo negro de los cabellos y lo espeso de las cejas. Permanecía con la vista baja, con cierto aire gazmoño, sí, gazmoño, que no me causó buena impresión. ¿Cómo hacer para que me dejara ver sus ojos?

—Vea usted, vea usted. Angelina...,—dije precipitadamente,—ese pajarito que está bañándose.

Volvió el rostro, levantó la cabeza, y miró hacia la jaula.

—¿Ese es el que ha estado cantando?

—¡Ese!—contestó, volviéndose a mí.

¡Qué hermosa! Ojos negros, luminosos, húmedos; nariz delgada, fina, correctísima; boca agraciada; mejillas en las cuales se dibujaban apenas lindos hoyuelos, que más acentuados, al reir la joven, serían encantadores.

—¡Buen cantante!—díjele, mirando al pajarillo.