«Papá te dará tus cartas; tú le entregarás las mías. ¿Te acuerdas que al despedirme de tí me quité del cuello una medallita, y te la di? Pues deseo que la conserves siempre, para que si un día te casas y tienes hijos se la des al que tú prefieras. ¿Harás lo que te pido? Sí; porque con eso me darás una prueba de que mi memoria es dulce para tí.
«¿Verdad, Rodolfo, que no me guardarás rencor? Eres muy bueno, y me perdonarás.
«No me escribas. ¿Para qué? Acabaron nuestros amores, es cierto, pero en lo de adelante seremos muy buenos amigos.
«Cuida mucho de tus tías. Si algún día necesita papá de tus cuidados, vela por él, y págale, en nombre mío, cuanto le debo yo.—Angelina».
Indignado, colérico, estrujé la carta, y yo que no tuve en mis ojos una lágrima ni en los momentos de amortajar a mi tía, a quien tanto amé, a quien tanto debía yo, que tanto me quiso, que fué para mí como una madre, no pude resistir aquel nuevo dolor. Sentí que me ahogaba, y me eché a llorar como un chiquillo.
—¿Qué te pasa?—gritó Andrés asustado.
—¡Nada!—le respondí sollozando.
LXIV
Respeté, con gran dolor de mi alma, los deseos de la joven. Seguro de la sinceridad de sus palabras, oculté mi pena y busqué consuelo en el trabajo.