Luego que Angelina supo el fallecimiento de mi tía, nos escribió una carta muy sentida. El P. Herrera vino a Villaverde pocos meses después, le hospedamos en nuestra casa, y estuvo con nosotros varios días. Entonces le contó a mi tía, muy en secreto, que la «muñeca» quería dejar el mundo y hacerse hermana de la Caridad. El santo sacerdote estaba muy triste. Todos temíamos que aquel monjío le costara la vida.
—¡Hágase la voluntad de Dios!—exclamaba.—Yo me había soñado que Linilla y Rodolfo.... Pero, en fin.... ¡Vaya con la «muñeca»! ¡Dios me la trajo y Dios se la lleva!
Aun conservo las cartas de Linilla. El P. Herrera nunca me dio las mías.
—¡Para qué!—pensaría.—¡Cosas de muchachos!
Angelina profesó en México dos años después. Cuando las Hermanas fueron expulsadas pasó a París, y de allí la mandaron a Cochinchina.
En París la vieron los señores Fernández.
—¡Si usted la viera, Rodolfo!—me decía la señora.—¡Lindísima! Parece una santa.
El P. Herrera murió a fines del 78 en su curato de San Sebastián. Poco antes fué llamado al coro de la Catedral de Jalapa, pero el humilde anciano renunció la prebenda.
—¡No! ¡No!—contestó.—No quiero canongías.... ¡De aquí... al cielo, si Dios Nuestro Señor tiene piedad de este pobre pecador!
Gabriela casó con Ernesto, y es madre de dos niños tan hermosos como ella. ¿Es feliz? Creo que sí. La rubia señorita era muy lista e hizo de su novio un marido discreto, laborioso y de excelentes costumbres.