—No, a la vuelta. Una crítica de los sonetitos aquellos....

—¿Y quién es Agustín Venegas para meterse a crítico?

—Lea usted.

Don Román estrujó el periódico y leyó.

A las pocas líneas se puso trémulo, pálido, balbuciente.

—Han creído que usted es el autor. Lamento lo que ha sapado. Nunca pude imaginar....

—¡Bellacos! ¡Fátuos! ¡Presumidos!—exclamó.—¿Quiénes son ellos? ¿Qué obra los acredita para darla de sabios y de críticos? Les perdono las ofensas. Lo único que no puedo perdonar es la ingratitud. ¡No les temas! ¡No te asustes! Escribe, muchacho; escribe, y ¡que rabien! Tú harás algo; al paso que ellos.... Así se quemen las pestañas años y años, cuanto escriban servirá nada más para que envuelvan cominos en la casa de mi compadre don Venancio.

—¿Contestamos?

—¡No! Eso se quieren ellos, que les den tela. Oye, oye un consejo. Nunca salgas a defender tus escritos. La modestia... ya lo sabes.... ¡Nada tengo que decirte! Conozco bien a esos necios. Por eso no he dado a la estampa los sáficos aquellos que te gustaron tanto, la odita al Pedregoso. Mira, Rodolfo: no hablemos más de esos bellacos.

Serenóse don Román, sacó la tabaquera, tomó un polvo, y, quitándose las gafas, me dijo en tono cariñoso: