—¡Adentro!—repitió la voz de falsete.

Era el escribiente. Mala impresión me causó tan delicada personilla. Era un muchacho pálido, ojeroso, exangüe y consumido por el trabajo; un infeliz, condenado, sin duda, a prisión perpetua en aquel mundo de legajos y mamotretos; siempre inclinado sobre aquella mesita cubierta con un tapete de bayeta verde, delante de aquel tintero de plomo lleno de tinta espesa y natosa.

—¿El señor Castro Pérez?

—¡En la otra pieza!—me contestó el covachuelista.

—¿Puedo pasar?

—Pase usted.

Me colé de rondón. Mi hombre, casi tendido en una poltrona, cerca de la ventana, revisaba un legajo. Al sentirme se incorporó contrariado, dejó el asiento, y fué a cerrar la puerta, acaso para que no pudiese oirnos el escribiente.

—¿Qué mandaba usted?—me dijo frunciendo el entrecejo.

—Mi maestro, el señor don Román López, me ha recomendado....

El rostro de Castro Pérez cambió de expresión.