—Vamos, joven,—murmuró levantándose, y ofreciéndome un asiento,—aquí tiene usted una silla.
Mi hombre volvió a su poltrona, y luego, por sobre los anteojos, me miró de pies a cabeza.
—¿Qué se ofrece? ¡Ah! ¡Ya recuerdo! ¿Es usted el joven que desea entrar de amanuense en esta casa?
—Sí, señor.
—Pues bien.... Veremos, veremos si es usted útil. Aquí tenemos mucho trabajo. Ya sabe usted: mi clientela es numerosísima, y por ende no falta quehacer. Si quiere usted trabajar....
—Es lo que deseo...—murmuré, bajando la vista, mientras el abogado me miraba de hito en hito.
—Pues bien, así lo quiero, trabajadorcito. Diez amanuenses he cambiado en este año, y, a decir verdad, ninguno me ha dejado contento. ¡El mejor no valía tres caracoles!
—No pretendo valer mucho; pero... procuraré, bajo tan buena dirección, aprender en poco tiempo cuanto sea necesario.
Castro Pérez sonrió, y a dos manos, juntando el pulgar y el índice se compuso los anteojos, y luego, dándose palmaditas en el abdómen, echóse atrás y me interrumpió.
—¡Nada de lisonjas, joven! Nada merezco de cuanto dicen de mí....