Me acerqué al abogado, llevando la hoja y la bujía. Mi hombre se acomodó en su poltrona, se compuso con ambas manos las gafas, y leyó lo escrito.
—¡Bien! ¡Bien! ¡Bien! ¡Conforme! Prefiero la antigua y gallarda letra española.... Pero, en fin, la de usted es clara y hermosa. ¡Esta letra inglesa tan amanerada y presumida!
Y después de un rato de silencio:
—Ya sabe usted: viernes o sábado....
—Vendré por acá....
—No; yo le llamaré a usted.
Entiendo que no le caí mal a Castro Pérez. Así me lo dijo dos días después el bueno de don Román.
—La cosa es segura, muchacho. ¡Has clavado una pica en Flandes!