—Señor:—repliqué—es cierto que hago versos; pero no vivo entregado a tan grata ocupación. Además, tengo entendido que usted... suele hacerlos... ¡y muy hermosos!
—¡Gracias, joven! ¡Restos de mis aficiones juveniles! En verdad que la poesía suele cautivarme, pero sólo de tiempo en tiempo. ¡Bien, bien, bien!
Esta era su muletilla.
—Espero que usted en memoria de mi abuelo.... Ya don Román le hablaría de las circunstancias en que me encuentro. No puedo volver a México; no puedo seguir los estudios, y estoy obligado a buscarme un pedazo de pan....
—¡Bien! ¡Bien! ¡Bien! Así lo hace un joven delicado. Veremos, veremos si me sirve usted. Pero debo advertirle que... hasta dentro de una semana no podré resolverlo. Mañana veré si puedo conciliar varias cosas. Vuelva usted por acá, viernes o sábado.... Y.. diga usted. ¿Tiene usted buena letra?
—Regular, señor licenciado.
—Vamos, vamos. Allí tiene usted lo necesario.
Obscurecía. En la mesa había un candelero con una bujía.
—¿No ve usted? Pues encienda la vela y escriba lo que guste.
Obedecí. Tomé la pluma y escribí: «Si el señor Licenciado Castro Pérez se digna recibirme en su casa, procuraré servirle con toda fidelidad».