—Eso sí no diré; pero es el caso que una señora que usted conoce....

—¿Quién es ella?

—¡Curioso!

—Despierta usted mi curiosidad y....

—¡Ya dije que no lo he de decir!

—Bueno. ¿Qué pasó?

—Propuso una compañera que diéramos socorros a una familia que está en la miseria. Todas aceptamos; pero entonces esa señora dijo que no; que no era justo quitar a verdaderos necesitados, auxilios y socorros que no abundan, para darlos a unas muchachas muy emperifolladas y que tienen novio.

—La verdad es que....

—No, Rodolfo, ¡qué verdad, ni qué verdad! No es cierto que esas infelices anden emperifolladas. Suelen vestir bien, es cierto, pero no porque despilfarran en trapos y moños lo poco que ganan. Andan arregladas y aseaditas. ¡Eso no es un pecado! Si a veces llevan un bonito traje es porque se los da una alma caritativa. Y en cuanto a lo del novio, ¡eso es cosa que a nadie le interesa! Así lo dije yo. Pero la señora insistió, y entonces una señorita, una señorita muy guapa que estaba allí, (también la conoce usted) se mostró muy contrariada, y dijo que aquello no le gustaba; que era muy feo eso de averiguar vidas ajenas. Y tuvo razón; ¡sí, señor, mucha razón! ¿Verdad que eso no es caridad? ¿Qué es eso? No, señor; si esa familia es pobre y necesita del auxilio de la Conferencia, pues darlo, si es posible, si lo hay; o negarlo si no alcanzan para ello los recursos; pero ¿a qué tales averiguaciones? La señora no cedía, y entonces la señorita no pudo más, y exclamó con mucha gracia: «En cuanto a eso de los novios, señora, piense usted que esas pobres muchachas no se han de quedar para vestir santos, y recordemos que asunto es eso en el cual nada tienen que hacer las Conferencias. Si alguna vez ve usted a esas niñas con vestidos buenos, es decir, con vestidos que no parecen de pobre, es porque yo, (sólo porque es preciso lo digo), se los he regalado.» Y esto lo dijo encendida y muy apenada.

—Y ¿quién es esa señorita?