La doncella suspiró como si quedase libre de un gran peso.
—Algún día, acaso no muy lejano, sabrá usted, Angelina, a quien amo yo.
Díjele esto fijos mis ojos en los suyos. Ella me dirigió una mirada profunda, intensa, llena de infinita ternura, dulcemente alegre.
Tía Pepa despertó.
—¿De qué hablaban, Rorró?
Angelina se apresuró a responder:
—De que Rodolfo se ha estado un siglo para separar esos pétalos.
—Y diga usted también que decía que estoy prendado de la señorita Fernández.
—¡Qué es eso, Rorró!—exclamó mi tía.
—Señora, eso cuentan por ahí....