—Le juro a usted que hasta hoy supe su nombre. Oía yo: ¡la señorita Fernández... por aquí; la señorita Fernández... por allá!

—¿Conque no sabía usted el nombre de esa niña?

—No.

—¿No?

—No.

—¿Conque no?

—¡No, y no!

—Pues ya lo sabe usted: se llama Gabriela.

Angelina me veía y sonreía como si dudara de mi dicho, como si quisiera sorprender en mis ojos la verdad.

—No, Angelina: sería una locura eso de que yo pusiera los ojos en esa señorita. Sí, una locura, y por mil razones. La primera, la principal, y que vale por todas, es ésta: porque soy pobre.