—Y oyendo tocar a una señorita que vive allí.
Angelina me miraba atentamente, procurando observar el efecto que sus palabras producían en mí.
—Pues Angelina: diga usted a esa señorita que ese joven soy yo, y que paso muy gratas horas, oyéndola tocar.
—¡No! ¡Yo no le diré nada! Pero.... ¡Con razón dicen las gentes que está usted enamorado de Gabriela!—exclamó apenada, trémula el labio, húmedos los ojos.
—¿Enamorado de esa niña? ¡Ni por pienso! ¡Murmuración villaverdina!
—¿Murmuración? Vale más. Ya dieron en decirlo, y seguirán....
—Créame usted, Angelina; créame usted: la señorita es guapa, sí que es guapa, linda como un ramo de rosas; pero el joven que se complace en oirla tocar no ha puesto en ella los ojos, ni los pondrá jamás.
Mi voz despertó a tía Pepa. Yo estaba separando el último pétalo.
La anciana se volvió a dormir, y entonces siguió la interrumpida conversación, e interrumpida de tal modo que nos dejó turbados, como si fuéramos dos amantes sorprendidos en furtivo coloquio.
—Usted dirá lo que quiera, Rodolfo. ¡Buenos son los hombres para eso! No me doy por engañada. ¡El tiempo lo dirá!