—Pues... oigo.
—Es el caso....
—Dígame usted todo....
—Todo. Es el caso que una señorita muy guapa, muy elegante, y además muy rica, la misma que se puso tan seria y abogó por esas pobres muchachas que pedían socorro a las Conferencias, me tomó del brazo... y....
—Bien, tomó a usted del brazo... ¿y qué?
—Y salimos.
—Salieron... ¿y qué más?
—Y me preguntó con mucho interés, con «demasiado» interés, quien era un joven recién llegado a Villaverde, que vive en esta casa, y que tarde a tarde, se pasa las horas muertas, en un asiento de la Plaza, de codos en la baranda, y vuelto hacia....
—Hacia la casa del señor Fernández. ¿No es eso?—concluí riendo.
Ella prosiguió: